Una señora, turista intelectual, visitó a Hu-Ssong en su montaña.

-¡Maestro! -le dijo con voz atribulada-.
¡Ya no se puede vivir en este mundo!
¡Por dondequiera hay odio, violencia, muerte y mal! ¡Debemos hacer un mundo mejor para nuestros hijos!

-Hermana -le respondió Hu-Ssong-.
Si hay odio, enseñemos a nuestros hijos el amor.
Si hay violencia, hagamos que ellos practiquen la tolerancia y la concordia, virtudes que conducen a la paz.
Si hay muerte, mostrémosles el valor supremo de la vida.
Si hay mal, procuremos que desde niños aprendan a hacer el bien.
Quizá sea difícil hacer un mundo mejor para nuestros hijos, pero en parte cumpliremos la tarea si hacemos unos hijos mejores para nuestro mundo.

Así dijo Hu-Ssong. Y la señora ya no dijo más.